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Bukele eterno: la reelección sin límites consagra el poder absoluto en El Salvador

El presidente salvadoreño consagró ayer su proyecto más ambicioso: la reforma constitucional que permite la reelección indefinida. Con el Congreso como escribanía y una popularidad sostenida por el miedo, Bukele camina hacia un modelo de poder sin contrapesos.

Nayib Bukele no teme que lo llamen dictador. De hecho, parece disfrutarlo. El presidente de El Salvador —que gobierna desde 2019 y fue reelecto en 2024 con el 85% de los votos— ahora tiene vía libre para perpetuarse en el poder.

Ayer, su mayoría parlamentaria aprobó la reforma que habilita la reelección indefinida, consolidando un régimen con cada vez menos fisuras democráticas.

Con 57 votos a favor en una Asamblea Legislativa de 60 escaños, la medida fue aprobada sin sorpresas.

El oficialismo tiene el control absoluto del Congreso desde 2021, y lo ha utilizado para allanar todos los caminos institucionales que puedan incomodar al presidente.

“¡Ha muerto la democracia en El Salvador!”, exclamó durante el debate la diputada opositora Marcela Villatoro, de Arena.

La advertencia no fue exagerada: la reelección indefinida era el paso que faltaba para completar el andamiaje de un nuevo autoritarismo con estética millennial.

Popularidad y miedo

Bukele ha sabido construir una imagen de líder eficiente, moderno, y sobre todo implacable con la criminalidad.

En marzo de 2022 instauró un régimen de excepción que se mantiene hasta hoy. Se calcula que unas 88.000 personas fueron detenidas desde entonces.

El número de homicidios bajó drásticamente.

Pero el costo ha sido alto: miles de arrestos arbitrarios, torturas y muertes en prisión, según denuncian organismos de derechos humanos.

Su respuesta es siempre la misma: acusar a quienes lo critican de defender a pandilleros o ser “activistas de izquierda”. Poco importan las denuncias de Human Rights Watch o Amnistía Internacional. Su popularidad dentro de El Salvador sigue siendo arrolladora, sobre todo entre los sectores que ven en él a un salvador literal del caos pandillero.

“¿Saben qué? Me tienen sin cuidado que me llamen dictador”, dijo el 1 de junio, en un discurso donde celebró su segundo año de mandato.

Fue un guiño a sus críticos, y una reafirmación de su estilo: directo, provocador y sin máscaras democráticas.

El culto a la figura

Bukele ha moldeado su figura con precisión quirúrgica. Con una estética que rompe los moldes tradicionales del poder —camperas de cuero, gorras hacia atrás, ausencia total de corbatas—, el mandatario se presenta como un líder cercano, joven y audaz. En las redes sociales, donde construyó su imperio comunicacional, se autodenomina “dictador cool” o incluso “rey filósofo”.

Su estrategia mediática es tan eficaz como su política represiva. La maquinaria de propaganda, nutrida por ejércitos de trolls y cuentas automatizadas, no deja resquicio a la crítica.

En El Salvador ya se habla abiertamente de un “fenómeno de culto” alrededor de su figura, como lo describió el académico Oscar Picardo.

Mientras tanto, periodistas y activistas abandonan el país. En los últimos meses, decenas de referentes de derechos humanos debieron exiliarse, denunciando persecuciones. Entre ellas, Ruth López, de la ONG Cristosal, quien investigaba corrupción estatal. El gobierno la acusó de “atentar contra la seguridad nacional”.

El ascenso del publicista

Hijo de un influyente empresario palestino, Bukele nació en San Salvador en 1981. No terminó la carrera de Derecho, pero desde joven se involucró en el negocio publicitario familiar.

Comenzó haciendo campañas para el FMLN, partido de izquierda con el que fue electo alcalde de Nuevo Cuscatlán y luego de la capital.

Expulsado en 2017 tras enfrentamientos internos, fundó su propio movimiento. Se presentó como una tercera vía: “ni de derecha ni de izquierda”. Pero en los últimos años abrazó abiertamente el conservadurismo y se mostró cercano a Donald Trump, a quien admira públicamente.

Hoy gobierna con sus hermanos en puestos clave, viejos compañeros del colegio privado y un entorno cerrado que responde solo a él.

El modelo es vertical y sin grises.

¿Y después qué?

La pregunta que ronda ahora en la región es cuánto durará este experimento político que mezcla populismo digital, represión legalizada y culto a la personalidad.

En El Salvador, muchos ya lo dan por hecho: habrá Bukele para rato. Y ahora, por ley, no hay ningún límite.

En otras partes de América Latina, las miradas están divididas. Algunos sectores conservadores ven en Bukele una alternativa atractiva para países con altos índices de inseguridad.

Otros advierten que El Salvador ya cruzó el umbral hacia un modelo autoritario moderno, con fachada democrática y esencia totalitaria.

En cualquier caso, Bukele ya escribió su capítulo en la historia: es el primer presidente salvadoreño que convierte la reelección indefinida en política de Estado, y el primero en hacerlo con aplausos, trending topics y la venia de una mayoría hipnotizada.

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