Tras una derrota humillante en el Congreso, el Gobierno de Milei estalla contra todos menos contra sí mismo
El oficialismo sufrió un golpe político letal en la Cámara de Diputados, donde no pudo imponerse en ninguna votación.
En vez de asumir errores o revisar su estrategia de confrontación permanente, Milei y su jefe de Gabinete eligieron culpar a todos los bloques que no se alinean con su agenda de ajuste, privatización y autoritarismo.
La falta de consenso, el desprecio por el diálogo y el desgaste de un relato que ya no convence ni a sus antiguos aliados, dejaron al Presidente más solo que nunca.
Ni una sola votación a favor. Así terminó el Gobierno de Javier Milei su paso por la última sesión en la Cámara de Diputados, en la que la oposición impuso su mayoría para aprobar proyectos clave como el financiamiento universitario, el refuerzo presupuestario al Hospital Garrahan y el rechazo de varios decretos de necesidad y urgencia firmados por el ministro Federico Sturzenegger.
Fue una derrota sin atenuantes, que dejó expuesta la debilidad parlamentaria del oficialismo y el hartazgo creciente del resto del arco político.
Lejos de hacer autocrítica o reflexionar sobre el rumbo, el presidente eligió –una vez más– esconderse detrás de su jefe de Gabinete, Guillermo Francos, quien salió a repartir culpas con el manual del mileísmo: señalar “funcionales al kirchnerismo” a todos los que no le votan los caprichos al gobierno.
“La UCR, la Coalición Cívica, Pichetto, la izquierda, los provinciales… todos votaron con el kirchnerismo”, se quejó Francos, intentando transformar una paliza legislativa en una conspiración. Pero la realidad es más simple: nadie quiso convalidar decretos que desguazan el Estado, ni recortes que asfixian universidades y hospitales, ni la lógica de imponer a la fuerza lo que no se consigue con diálogo.
En su campaña permanente contra la política y las instituciones, Milei parece haber olvidado que para gobernar hace falta algo más que redes sociales, likes y cadenas nacionales incendiarias. La sesión del miércoles fue un cachetazo institucional y político: no por culpa de una oposición “demagógica”, sino por el agotamiento de una forma de gobernar que no construye, solo destruye.
Mientras el Presidente sigue abrazado a su plan de motosierra sin medir consecuencias, el Congreso empezó a marcarle los límites. Y lo que pasó esta semana puede ser apenas el comienzo de un freno mucho más contundente.
Milei está solo, pero todavía no se dio cuenta. O peor: se dio cuenta y eligió seguir atacando.
