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Milei proyecta una cumbre de derechas mientras el país sigue esperando respuestas

Mientras la Argentina atraviesa un ajuste sin precedentes, con recortes profundos en áreas sensibles como educación, discapacidad, obra pública y políticas sociales, el presidente Javier Milei ya piensa en 2026 y en un ambicioso proyecto internacional: organizar en Buenos Aires una cumbre de presidentes de derecha para consolidar un eje regional alineado con los Estados Unidos.
La iniciativa, que incluiría a figuras como José Antonio Kast (Chile), Daniel Noboa (Ecuador), Nayib Bukele (El Salvador), Santiago Peña (Paraguay) y Rodrigo Paz (Bolivia), expone con claridad cuáles son hoy las prioridades del Gobierno nacional. Más preocupado por construir una “liga conservadora” internacional que por atender las consecuencias sociales del ajuste interno, Milei parece decidido a profundizar un perfil ideológico antes que institucional.
Desde Casa Rosada aseguran que el objetivo es coordinar políticas económicas, de seguridad e inteligencia, y posicionarse como contrapeso de los gobiernos progresistas de la región. Sin embargo, puertas adentro, la realidad muestra un oficialismo con serias dificultades para ordenar su frente político, con tensiones permanentes con aliados, conflictos legislativos abiertos y una creciente judicialización de decisiones clave, como ocurrió con la Auditoría General de la Nación.
La paradoja es evidente: Milei promueve una agenda de liderazgo regional cuando todavía no logra consolidar gobernabilidad plena en su propio país. El Presupuesto 2026, que el Presidente se comprometió a no vetar, será ajustado “por las partidas” para garantizar el déficit cero, aun cuando eso implique más recortes. En paralelo, el Gobierno insiste con avanzar en una reforma laboral resistida por sindicatos y amplios sectores sociales.
La idea de montar un foro alternativo a la ONU para combatir la Agenda 2030 refuerza el perfil confrontativo y dogmático del mandatario, que privilegia la batalla cultural por sobre el diálogo político. Incluso en el plano simbólico, Milei mantiene distancia con actores centrales de la vida institucional argentina, como la Iglesia, con la que apenas intercambió cartas navideñas sin concretar un encuentro personal.
Lejos de un proyecto integrador, la cumbre de derechas parece responder más a una construcción identitaria del mileísmo que a una estrategia concreta de desarrollo nacional. En un país con índices de pobreza todavía elevados, empleo precario y provincias asfixiadas financieramente, la pregunta se impone: ¿es este el momento de exportar un modelo que aún no muestra resultados sostenidos puertas adentro?
Milei apuesta a consolidarse como referente global de una nueva derecha dura.

El riesgo es que, en el camino, la Argentina quede atrapada en una agenda ideológica que posterga soluciones urgentes y profundiza la fractura política y social. Porque mientras el Presidente mira al mundo, buena parte del país sigue esperando que alguien mire hacia adentro.

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