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Maduro seguirá detenido en Nueva York mientras Milei avala en silencio una intervención extranjera sin precedentes

El ex presidente venezolano Nicolás Maduro continuará detenido en una prisión federal de Nueva York y volverá a comparecer ante la Justicia de Estados Unidos el próximo 17 de marzo, luego de su primera audiencia en un tribunal federal de Manhattan, donde enfrentó cuatro cargos graves, entre ellos narcotráfico y narcoterrorismo.

La decisión fue tomada por el juez Alvin Hellerstein, quien dispuso que Maduro permanezca bajo custodia mientras avanza el proceso judicial iniciado a partir de un operativo militar estadounidense ejecutado en Caracas, que el propio acusado calificó como un “secuestro” en su residencia. Vestido con ropa de presidiario, el líder chavista se declaró no culpable y aseguró seguir siendo el presidente legítimo de Venezuela. “Soy un prisionero de guerra”, lanzó antes de ser interrumpido por el magistrado.

La escena judicial, inédita en la historia latinoamericana reciente, volvió a exponer una intervención directa de Estados Unidos en un país soberano, ejecutada sin mediación diplomática ni organismos internacionales. Sin embargo, en Argentina, el gobierno de Javier Milei optó por el silencio absoluto, consolidando una postura de alineamiento automático con Washington y Donald Trump, aun frente a un precedente de enorme gravedad institucional.

La acusación también alcanza a Cilia Flores, esposa de Maduro, a su hijo Nicolás Maduro Guerra, al ministro del Interior Diosdado Cabello y a otros actores del régimen, todos imputados por tráfico de cocaína hacia Estados Unidos. Mientras tanto, en Caracas, Delcy Rodríguez juró como jefa del régimen chavista, tras una resolución del Tribunal Supremo de Justicia que le ordenó asumir por 90 días prorrogables.

Desde Estados Unidos, Donald Trump no ocultó su rol central en la operación, confirmó que no hubo coordinación previa con Rodríguez y dejó abierta la puerta a nuevas intervenciones si el nuevo liderazgo venezolano no coopera con sus exigencias. Incluso fue más allá: habló abiertamente de la reconstrucción de la industria petrolera venezolana por parte de empresas estadounidenses, dejando en claro que el trasfondo económico es tan relevante como el judicial.

En este escenario, la administración Milei vuelve a quedar expuesta. El presidente argentino, que suele invocar la libertad y la soberanía solo cuando conviene a su relato ideológico, no emitió una sola palabra frente a una captura militar extraterritorial, avalando de hecho una lógica de fuerza que contradice décadas de política exterior argentina basada en la no intervención.

Mientras Trump decide el futuro de Venezuela desde Washington y Nueva York, Milei elige la obediencia y el alineamiento ciego, resignando cualquier voz propia en la región. El mensaje es claro: para el Gobierno argentino, la soberanía es un concepto flexible y subordinado a los intereses de Estados Unidos.

La detención de Maduro no solo marca el colapso definitivo del chavismo tal como se lo conocía, sino que también expone el retroceso diplomático de la Argentina, hoy convertida en espectadora silenciosa de un tablero internacional donde otros deciden y ejecutan.

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