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Máxima humillación: Bolsonaro mostró su tobillera electrónica y redobló su discurso victimista

El expresidente brasileño Jair Bolsonaro quedó una vez más en el centro del escándalo político. Este lunes, tras un encuentro con legisladores del Partido Liberal (PL), levantó su pierna frente a las cámaras para mostrar su tobillera electrónica, impuesta por la Corte Suprema como medida cautelar en la causa que lo investiga por liderar un intento de golpe de Estado luego de su derrota electoral en 2022.

“Esto aquí es un símbolo de máxima humillación”, dijo Bolsonaro, aferrado a un discurso de persecución política que ya resulta repetido incluso para parte de su propia base.

La justicia brasileña, sin embargo, va más allá de los relatos. Lo acusa formalmente de encabezar un complot golpista para evitar la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva, y si se comprueban los hechos, el exmandatario podría enfrentar hasta 40 años de prisión.

Entre las restricciones impuestas, además de la tobillera, se le prohibió usar redes sociales, contactar con otros implicados en la causa y salir de su casa por las noches o fines de semana. Incluso, no puede comunicarse con su hijo Eduardo Bolsonaro, investigado por su rol como lobbista ante el gobierno de Donald Trump.

Bolsonaro busca victimizarse y reforzar su narrativa de mártir, pero las evidencias judiciales hablan de algo mucho más grave: una amenaza real al orden democrático en Brasil. La imagen del exmandatario exhibiendo el dispositivo de vigilancia, que debería reflejar autocrítica y vergüenza, es tomada por él como una medalla política, un gesto que alimenta su estrategia de polarización constante.

Mientras tanto, en las redes, referentes bolsonaristas como el diputado federal Maurício do Vôlei calificaron la medida como “la mayor injusticia de la historia del país”.

Sin embargo, la justicia brasileña avanza con un expediente cargado de pruebas que muestran que, detrás del show mediático, hay una causa de enorme gravedad institucional.

Bolsonaro, una vez más, busca refugio en la religión, la épica personal y la confrontación, intentando convertir en persecución lo que en verdad es un proceso judicial que lo enfrenta a su pasado más oscuro: el de no aceptar la voluntad del pueblo y coquetear con la ruptura democrática.

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