Otra baja en Cancillería: se va el vicecanciller y crecen las tensiones internas en el gabinete de Milei
Con la salida de Eduardo Bustamante, ya son 156 los funcionarios que dejaron su cargo desde el inicio del gobierno libertario.
La política exterior, marcada por incoherencias y gestos aislados, pierde otra pieza clave.
El gobierno de Javier Milei sumó una nueva renuncia en su ya extensa lista de bajas oficiales. Esta vez fue el turno de Eduardo Bustamante, quien hasta el 18 de julio ocupaba el segundo cargo más alto del Ministerio de Relaciones Exteriores como secretario de Relaciones Exteriores. Su salida fue formalizada este martes a través del Decreto 491/2025, publicado en el Boletín Oficial y firmado por el presidente y el canciller Gerardo Werthein.
Bustamante, diplomático de carrera con experiencia en conflictos fronterizos y cooperación internacional en seguridad, había sido designado apenas en octubre del año pasado. Su salida se da en un contexto de evidente desorden interno en el área internacional, donde el gobierno de Milei ha oscilado entre el aislamiento voluntario, el enfrentamiento con organismos multilaterales y gestos sin mayor sustancia geopolítica.
Desde su discurso en la ONU —donde el mandatario atacó la Agenda 2030 y prometió convertir a la Argentina en “faro del mundo libre” bajo el dogma del libre mercado— la política exterior del gobierno ha sido más ideológica que estratégica, dejando a la diplomacia en un segundo plano.
La salida de Bustamante se suma a la reciente renuncia de Demian Reidel, quien abandonó su cargo como jefe de asesores presidenciales para concentrarse en la presidencia de Nucleoeléctrica Argentina S.A. Ambos movimientos confirman lo que ya no puede disimularse: el gobierno de Javier Milei sufre un desgaste acelerado, con fracturas internas, cambios forzados y una incapacidad creciente para sostener una línea coherente de gestión.
En el caso de la Cancillería, ya son once las bajas desde que comenzó el mandato, lo que refleja el nivel de inestabilidad de una cartera que debería ser central en el marco de una Argentina que busca reposicionarse en el mundo pero no logra sostener vínculos duraderos ni estrategias consistentes.
Mientras el oficialismo se aferra a un relato de “pureza ideológica” y promesas de refundación permanente, la realidad muestra un gabinete fragmentado y en constante reacomodamiento, con funcionarios que no logran permanecer ni un año en sus cargos.
Lejos de mostrar fortaleza institucional, la salida de Bustamante deja al desnudo un estilo de gobierno que prioriza la confrontación por sobre la construcción y una diplomacia improvisada que paga el costo de la desorganización política.
