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El ocaso de un poder: Romero no buscará renovar su banca y negocia impunidad en la Auditoría

Tras más de tres décadas en la política nacional, el senador Juan Carlos Romero anunciará que no será candidato en las elecciones de este año.

Acorralado por causas judiciales y una caída estrepitosa en las encuestas, buscará refugio institucional en la Auditoría General de la Nación.

En una reunión reservada en Buenos Aires, el senador nacional Juan Carlos Romero, uno de los dirigentes más influyentes en la historia reciente de Salta, blanqueará lo que ya es un secreto a voces: no será candidato a renovar su banca en las próximas elecciones.

El anuncio, que hará ante un grupo selecto de senadores aliados, periodistas cercanos y operadores de confianza, representa mucho más que el cierre de una etapa política. Es, en rigor, una maniobra preventiva para evitar un revés electoral humillante y preservar sus fueros frente a causas judiciales que lo acechan, particularmente la relacionada con la finca La Ciénaga, por la que es investigado en Salta.

Romero sabe que en esta elección ya no tiene margen. Las últimas encuestas lo muestran con apenas un 4% de intención de voto, una cifra demoledora para quien fue gobernador durante 12 años, senador durante 20 y aliado de todos los oficialismos posibles: Menem, Kirchner, Macri y ahora Milei. La posibilidad de una derrota estrepitosa no solo pondría en jaque su legado, sino que lo dejaría sin fueros parlamentarios justo cuando más los necesita.

Por eso, la retirada no será total, sino cuidadosamente planeada: según trascendidos que ya circulan en despachos del Congreso, Romero negocia con el Gobierno nacional su nombramiento en la Auditoría General de la Nación (AGN), un cargo que no solo le garantizaría blindaje institucional, sino que lo mantendría cerca del poder.

La jugada contaría con el aval del propio Javier Milei, en una muestra más de la convivencia entre el oficialismo libertario y sectores tradicionales del peronismo y el conservadurismo provincial.

La salida elegante antes del abismo

En términos políticos, el retiro de Romero es la admisión de que su ciclo de influencia territorial está agotado. En los últimos años, su estructura se resquebrajó y perdió peso real en Salta. Su candidato más visible, el diputado nacional Carlos Zapata, hoy se mueve más cerca de La Libertad Avanza que del romerismo, y en la provincia sus armados ya no mueven el amperímetro electoral.

Para muchos, esta salida pactada de la escena electoral es también una señal de cómo se recicla la vieja política: sin chances en las urnas, los caudillos buscan refugio en organismos de control o estructuras del Estado que garantizan continuidad sin rendir cuentas a la ciudadanía.

En paralelo, la causa judicial por la finca La Ciénaga avanza, y sin fueros, Romero quedaría expuesto a ser llamado a indagatoria o incluso enfrentar un juicio oral. La estrategia es clara: ganar tiempo, conservar poder y evitar el escarnio público de una derrota.

¿Fin de una era o mudanza al subsuelo del poder?

El “retiro” de Romero —si es que puede llamarse así— marca el final simbólico de una era en Salta, donde durante años se movió como un verdadero patrón de estancia. Sin embargo, su posible desembarco en la AGN demuestra que el poder no siempre se retira, a veces se esconde.

En un país donde la impunidad se viste de cargos institucionales, la jugada de Romero no sorprende, pero indigna.

Es también una señal de alerta para quienes creyeron que la motosierra de Milei llegaría a todos por igual: los viejos aliados siguen encontrando su lugar.

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