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Pablo López volvió al Concejo, pero la sospecha, la indignación y la impunidad también entraron con él

La Sesión Inicial del Concejo Deliberante tuvo un protagonista indiscutible: Pablo Emanuel López, quien, pese a haber sido expulsado en su mandato anterior por inhabilidad moral y estar denunciado por extorsión sexual, volvió a ocupar una banca como si nada hubiera pasado.
La escena fue tan tensa como simbólica: López entrando sin dar la cara, evitando a la prensa, jurando rápido y escapando por una puerta lateral.

Un regreso silencioso que no alcanzó para tapar el ruido de la indignación social.

Desde el palco, un grito lo resumió mejor que cualquier análisis:
“¡Qué vergüenza, cómo lo van a aplaudir!”
Y sí, la vergüenza se sentía en el aire.

Porque no se trata de una cuestión partidaria: se trata de la degradación ética.
De que un funcionario expulsado por un hecho gravísimo, con un audio que escuchó medio país, pueda volver a sentarse en la banca como si la memoria colectiva fuera descartable.

Y acá aparece una problemática repetida: el caso López no es un hecho aislado, sino parte de un patrón que Salta ya conoce muy bien.

López y Orozco son dos caras de la misma moneda:
la de dirigentes que entienden la política como un refugio personal, no como un servicio público.
La de quienes se amparan en formalismos mientras la sociedad espera respuestas.
La de los que creen que ganar votos es licencia para cualquier cosa, incluso cuando pesan sobre ellos acusaciones que en cualquier democracia madura impedirían su regreso.

Hoy el Concejo cumplió con lo que la ley establece.
Pero queda claro que la legalidad no siempre es sinónimo de legitimidad.
Y que una banca puede estar ocupada, pero no por eso recupera la dignidad que su titular le quitó.

El desafío ahora será del cuerpo deliberativo y de todos los bloques:
¿Van a mirar para otro lado o van a marcar un límite ético?
¿Van a permitir que estos nombres sigan representando a los salteños?

Porque la verdadera pregunta no es por qué López volvió.
La verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a tolerar como sociedad.

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