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Presupuesto, internas y caos institucional: el costo político del método Milei

Mientras Javier Milei insiste en presentarse como el abanderado del orden, la austeridad y la “nueva política”, los hechos que se acumulan en el Congreso y en la Casa Rosada muestran un escenario bien distinto: improvisación, acuerdos opacos, tensiones internas y un creciente deterioro institucional que empieza a tener costo político.
La sanción del Presupuesto 2026, celebrada por el oficialismo como un triunfo histórico, dejó al descubierto las fisuras de un Gobierno que gobierna más por imposición que por consenso. Para lograr el objetivo del déficit cero, el Presidente habilitó recortes sensibles, avanzó sobre el financiamiento educativo y científico y forzó votaciones al límite del reglamento, apelando a mayorías circunstanciales y acuerdos de madrugada que hoy son cuestionados incluso por sus propios aliados.
El conflicto por la designación de las autoridades de la Auditoría General de la Nación es una muestra clara de ese método. La Libertad Avanza, en lugar de fortalecer los organismos de control que tanto decía defender, terminó negociando con el kirchnerismo y desplazando al PRO, su principal socio parlamentario.

El resultado fue una votación exprés, fuera del temario y cerca de las tres de la mañana, que derivó en amparos judiciales, acusaciones de ilegalidad y una interna abierta dentro del bloque “dialoguista”.
Lejos de asumir responsabilidades, el oficialismo respondió con soberbia. Martín Menem redujo el conflicto a una simple “cuestión de números”, mientras Milei optó por el silencio, delegando el desgaste político en sus funcionarios y dejando correr una dinámica que erosiona la credibilidad del discurso anticasta.
A ese clima se sumó el escándalo en el Senado, donde los gritos, las denuncias de abuso de poder y los cruces personales dejaron una imagen bochornosa del funcionamiento institucional.

La vicepresidenta Victoria Villarruel quedó en el centro de las críticas por un manejo autoritario de la Cámara, mientras el Presidente, una vez más, eligió mirar para otro lado. El contraste es evidente: un Gobierno que prometía terminar con los vicios de la política tradicional reproduce prácticas que decía combatir.
Incluso en el plano simbólico, Milei muestra contradicciones.

Mientras intercambia cartas con la Iglesia en tono conciliador, evita cualquier encuentro real con los obispos. Mientras habla de diálogo, concentra decisiones, rompe puentes y deja que los conflictos escalen. Mientras predica orden, el Congreso se convierte en un campo de batalla permanente.
El problema ya no es solo el contenido del ajuste o el rumbo económico, sino el modo. El “método Milei” empieza a exhibir sus límites: gobernar a fuerza de imposiciones, despreciar la institucionalidad y subestimar a los aliados puede servir en el corto plazo, pero acumula tensiones que tarde o temprano pasan factura.
Con el Presupuesto aprobado y la reforma laboral en agenda, el Gobierno entra en una nueva etapa. La pregunta ya no es si Milei puede ganar votaciones, sino cuánto daño institucional está dispuesto a tolerar para sostener su relato y cuánto tiempo más podrá sostener un poder que, puertas adentro, se muestra cada vez más desordenado.

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